Sobre... José Almeida, Jesús Martín, Eugenio García-Zarza

El miércoles 23 de octubre, 19,30 h.

Sala de conferencias (segundo piso)

Casino de Salamanca

Preside:

D.ª M.ª Jesús Mancho Duque


Intervienen:

D. Pablo de Unamuno Pérez

D. Ángel Corrochano Sánchez

D. Tomás Pérez Delgado

Fotografía de la tarjeta: Vicente Sierra Puparelli

Los textos de las intervenciones están después de las fotos



Fotografías de Vicente Sierra Puparelli



Textos de las intervenciones:

IN MEMORIAM. JOSÉ ALMEIDA


El destino de José Almeida Corrales (Pepe Almeida, como ha sido siempre su

nombre en todos los ámbitos donde se movió) quedó marcado desde el día de su

nacimiento: en Salamanca el 1 de mayo de 1931, “día del trabajo”. Como es bien sabido,

Pepe falleció el pasado 3 de enero, en plena actividad, trabajando hasta el último momento,

en aquella afición que tuvo desde la niñez, dibujando y pintando.

Como él reconoció, nació en el seno de una familia modesta: uno de sus abuelos era

carpintero y el otro cantero. Aprendió las primeras letras e hizo sus primeros dibujos en

Gomecello, donde se había trasladado la familia por el trabajo del padre.

Desde muy niño ya demostraba afición y habilidad para el dibujo. Casi antes de

hablar ya se expresaba con dibujos. El arte fue una vocación que tuvo durante toda su vida,

pero que no desarrolló plenamente hasta después de su jubilación. Supo, y muy bien, llevar

su jubilación.

Esa facilidad para el dibujo estuvo siempre ligada a las decisiones de su futuro. Lo

primero que pensó fue hacerse arquitecto, aunque finalmente hizo medicina y, en ella,

ejerció como traumatólogo, especialidad en la que se necesita, con mucha frecuencia, la

habilidad del dibujo para hacerse entender, para explicar la forma y la función de la parte

anatómica que se está tratando. Un buen dibujo es el complemento ideal de una buena

explicación. En Almeida se comprende perfectamente la evolución a profesor de Anatomía.

A los 13 años dibujó las fábricas de Béjar, lo que de alguna manera le indujo a

estudiar Arquitectura. Preparó unas oposiciones para Contadores de Hacienda con la idea

de irse a Madrid para poder estudiar Arquitectura, pero le suspendieron en el segundo

ejercicio. Pasados los años, Almeida celebraba este suspenso porque, según sospechaba, de

haber aprobado nunca hubiera sido médico y, tal vez, tampoco arquitecto. Su idea de ser

arquitecto se truncó.

Entre 1950 y 1956 estudió Medicina en Salamanca. Pronto, dada su afición y

habilidad para el dibujo, se entusiasmó con la anatomía, la morfología del cuerpo humano y

sobre todo por la anatomía y cirugía del aparato locomotor. Como él dijo, se consideró un

arquitecto del cuerpo humano. Veía la correlación entre la arquitectura y la anatomía por la

relación entre la forma y la función que existe tanto en la arquitectura como en la anatomía

humana. Con la carrera de Medicina vió sus tres aficiones muy unidas: arquitectura,

traumatología y dibujo.

Fiel a ese primer impulso vocacional de la mayoría de los estudiantes de Medicina,

ejerció como Médico de Cabecera -ahora Médico de Atención Primaria, o Médico de

Familia-. Fue en Alcuéscar (Extremadura), durante un periodo relativamente corto, dos

años más o menos, pero donde sin duda dejó huella, porque el municipio puso su nombre a

una calle. Pepe dijo, años más tarde, que prefería ser un médico bueno, antes que un buen

médico. Estoy seguro que allí, en ese municipio, consiguió las dos cosas, que, además,

mantuvo durante toda su vida profesional.

Por cierto, cercana a Alcuéscar está la ermita visigótica de Santa Lucía del Trampal,

que Pepe pintó al oleo.

En Alcuéscar encontró a Charo, su mujer, su compañera para toda la vida, madre de

sus 8 hijos, que siempre supo darle apoyo en los momentos difíciles, según sus palabras.

Lo primero para Almeida fue la familia. Él lo reconoció muchas veces a lo largo de

su vida profesional. Tuvo ocho hijos y catorce nietos, que fueron uno de los pilares de su

vida. En algún momento dijo que le daba la sensación de que no se merecía la familia que

tenía.

En 1960 se trasladó a Madrid para formarse en Cirugía Ortopédica y Traumatología

con el profesor Hernández-Ros, del que Almeida dijo que fue como un padre. Pero también

aprendió traumatología en Salamanca con el Dr. Miguel Ferrer, quien, además, lo

envenenó para el arte.

Su Tesis doctoral, realizada bajo la dirección del profesor Genis, en 1965, sobre un

tema de anatomía, mereció el Premio Extraordinario del Doctorado y el Premio de

investigación Guillermo Arce, convocado por la Sociedad Astur-Castellano-Leonesa de

Pediatría.

Almeida fue un ejemplo de los que sufrieron los daños colaterales inevitables en la

etapa de Transición, como consecuencia de la reordenación de la administración pública, de

las incompatibilidades y, en algunos momentos, de la falta de entendimiento entre las

administraciones de Educación y de Sanidad.

En 1977 ganó, por concurso de méritos, la plaza de Jefe de Sección de Cirugía

Ortopédica y Traumatología del Hospital Clínico Universitario de Salamanca y un año

después, en 1978, por concurso oposición, la plaza de Profesor Adjunto de Anatomía.

Profesor Adjunto era lo que hoy se conoce como Profesor Titular. Plaza asistencial y plaza

docente fueron declaradas incompatibles, por ser de diferente área de conocimiento.

En 1984, también mediante concurso oposición, obtuvo la de Profesor Titular, ahora

sí, de Cirugía Ortopédica y Traumatología, pero sin plaza asistencial. Esta descoordinación

le obligaba a ser un profesor de pizarra, como él decía, ya que no tenía oportunidad de

explicar a los alumnos frente a los pacientes.

Entre 1981 y 1995, disputó con la administración sanitaria, incluso en los tribunales

su situación administrativa y, aunque ganó los litigios, si bien no a plena satisfacción,

decidió jubilarse tanto de su labor asistencial como de la docente.

La actividad como profesor le gustaba y sentía gran satisfacción cuando algún

antiguo alumno lo reconocía por los esquemas y dibujos que realizaba en la pizarra.

La mayor parte de su labor asistencial estuvo ligada al Hospital de la Santísima

Trinidad, donde fue Jefe del Servicio de Traumatología, Director Médico y patrono. Como

él decía, el Hospital de la Santísima Trinidad fue su segunda casa.

Precisamente, su trabajo de investigación para ingresar en el Centro de Estudios

Salmantinos, en el año 2016, versó sobre este hospital: El Hospital de la Santísima

Trinidad. Sus orígenes, evolución histórica y desarrollo.

Durante 40 años -pocos en el Hospital Clínico Universitario, pero sobre todo en el

Hospital de la Santísima Trinidad-, ejerció su vida profesional con responsabilidad y

sentido común por encima de todo. Trató a los pacientes con humanidad, comprendiéndolos

no solamente como enfermos, sino también como personas. Cumplió lo que antes

señalamos: fue un “buen médico bueno”.

El final del siglo XX y el principio del XXI marcaron la transición entre sus raíces,

que fueron la Medicina, y sus alas, que fueron el arte -en palabras suyas.

En una entrevista que le hicieron en 2008 para la revista del Colegio de Médicos de

Salamanca, afirmó que siempre tuvo una inclinación por las Bellas Artes, que eran una

vocación oculta o una frustración y que tenía claro que en su jubilación se dedicaría a las

artes plásticas.

Con el actual siglo comenzó esta otra vocación, que no estaba completamente

dormida, sino simplemente un poco aletargada. En primer lugar, en la Escuela de Nobles y

Bellas Artes de San Eloy y, definitivamente, entre 2002 y 2007, en la Facultad de Bellas

Artes de la USAL, donde consiguió la titulación universitaria, que no necesitaba, pero,

sobre todo, los complementos que le faltaban para que hoy podamos decir que Pepe

Almeida fue un verdadero artista (aunque en la citada entrevista aseguraba que era un

aficionado al arte, ya que el artista nace, pero no se hace). Podemos asegurar que Pepe

rejuveneció con el dibujo, con la pintura y con el arte en general.

En esos años en la Facultad de Bellas Artes, sus compañeros supondrían que sería

uno de los profesores, pero, con seguridad, Pepe les diría, con orgullo, “yo también soy

alumno en esta Facultad”. Pepe confesó años después que aprendió mucho de sus

compañeros; le contagiaron su vitalidad, según reconoce, algo desgastada por los años y los

avatares sufridos. También aprendió de ellos sinceridad, altruismo y compañerismo.

Admitía que aprendió más de sus compañeros que de las lecciones magistrales de los

profesores.

Pepe Almeida reconoció que tuvo la fortuna de encontrar como profesor de Dibujo a

Fernando Segovia, quien le animó mucho y le dirigió su Proyecto Fin de carrera, que fue el

boceto del libro Salamanca Monumental, que, por el momento, ha precisado de dos

ediciones para satisfacer la demanda.

En el prólogo de la segunda edición de esa obra afirma que como más a gusto se

sentía era dibujando. Confiesa que se identificaba más con los dibujos en líneas de trazo

rápido y seguro que con los que se auxiliaba con el color. Decía: “disfruto dibujando y

sufro pintando; me cuesta encontrar el color”. Se encontraba satisfecho con el dibujo seguro

de un anatomista consagrado.

Desde agosto de 2009 hasta poco antes de fallecer, colaboró con la revista

Salamanca Médica del Colegio de Médicos en la sección «El Desván del Arte», donde

hacía un recorrido gráfico-literario de la Salamanca, románica, gótica, barroca, etc. En estos

trabajos publicados en la revista dibuja con la meticulosidad de un anatomista consagrado

perfiles, bóvedas, arcos, capiteles, etc, etc., de prácticamente todos los edificios

catalogados como monumentos de nuestra Salamanca y de otros que no lo son. Estos

trabajos formaron la mayor parte del libro Salamanca Monumental, que Pepe define “como

el libro donde plasma sus impresiones sobre los monumentos de Salamanca según su

tipología y glosa su percepción a través del lenguaje personal”. Un libro imprescindible

para conocer la Salamanca artística y monumental de hoy.

Almeida fue Colegiado de Honor y Medalla de Oro del Colegio de Médicos de

Salamanca en el año 2016.

En el 2017, el Casino de Salamanca acogió una exposición antológica de la obra de

Almeida, que recogía dibujos, acuarelas y pinturas y que constituyó un verdadero éxito de

crítica y asistencia.

Puedo asegurar, porque lo he vivido personalmente, que Pepe ponía el alma en

cualquier empresa con la que se comprometía, independientemente de las dos principales

aquí citadas, la Medicina y el Arte.

Pepe Almeida nos ha dejado recuerdos difíciles de olvidar: su biblioteca, que donó

en vida y se encuentra en ese rincón que lleva su nombre en la Biblioteca de la Facultad de

Medicina; sus recorridos artísticos por Salamanca plasmados en el libro mencionado

anteriormene, imprescindible en cualquier biblioteca, Salamanca Monumental; también su

investigación sobre el hospital de la Santísima Trinidad, sus dibujos y pinturas, aunque

estas últimas él no las ponderara. Pero, por encima de todo eso, nos ha dejado el recuerdo

de su amabilidad y de saber estar en cualquier ambiente y situación.


Pablo de Unamuno

Salamanca, 23 de octubre de 2019






IN MEMORIAM. JESÚS MARTÍN MARTÍN



            Han pasado ya más de diez meses desde que el 7 de enero falleciera Chus, víctima de una enfermedad implacable a la que siempre plantó cara. El golpe fue tan duro que todavía algunos no lo hemos superado y sentimos una terrible amargura cada vez que aflora su recuerdo. A pesar de ello, cuando la Señora Presidenta del Centro de Estudios Salmantinos me propuso que participara en este acto y pronunciara unas palabras, acepté de inmediato, obligado por el cariño que siento hacia Chus. Así que voy a intentar juntar unas palabras para poner de relieve su singularidad humana y profesional, y dejar constancia de lo que hemos perdido con su desaparición.

            Chus nació en La Matilla en 1944 y creció en Segovia. Es un recuerdo entrañable para mí, y creo que también para algunos de los presentes, la ilusión con la que nos enseñó los lugares predilectos de su infancia, en la excursión inolvidable a su ciudad con la que festejamos su 68 cumpleaños.

            La Física era la gran pasión de Chus. Estudió la carrera en la Universidad Complutense de Madrid donde se licenció en 1966 y conoció a Fina, su mujer. Inmediatamente de terminar su carrera fue contratado como “Profesor Auxiliar de Ecuaciones Diferenciales” hasta finales de 1968, cuando se marchó a París con una beca del gobierno francés, para completar su formación en el Instituto Henri Poincaré. Allí se quedó hasta junio del 71 y allí conoció a Luis Bel, su director de tesis, con quien volvió a Madrid, a la Universidad Autónoma, para trabajar como “Profesor Contratado de Física General” hasta diciembre del 73. Fue en la Autónoma donde defendió su tesis doctoral en 1972 sobre “Simetría axial en relatividad general”.

            Regresó de nuevo a Francia, a la Facultad de Ciencias de la Universidad VI de Paris, en la que estuvo hasta septiembre del 75, fecha en la que regresó a la Autónoma para hacerse cargo de las enseñanzas de “Mecánica Teórica” como Adjunto interino, hasta diciembre del 77. En enero del 78 se incorporó a la Universidad del País Vasco como “Profesor Agregado Numerario de Mecánica Teórica”, plaza que ocupó hasta el final del curso académico 79-80.

            Chus llegó a Salamanca en 1980 como Profesor Agregado Numerario de “Física Matemática”, hasta qué pasó a Catedrático de Universidad adscrito al área de Física Teórica en 1983. Sin duda, ha sido en Salamanca donde Chus ejerció largamente su carrera, hasta su jubilación en 2013, prestigiando con su trabajo a la Universidad y llegando a ser uno de los físicos teóricos más destacados e influyentes del país.

            Es importante resaltar que Chus nunca abandonó su formación, visitando periódicamente durante muchos años, hasta poco antes de su jubilación, los centros franceses de investigación puntera.

            Respecto a los méritos en investigación que Chus tenía no entraré en detalles, porque el lenguaje y la naturaleza de su ciencia impedirían su comprensión por muchos de nosotros. Únicamente me limitaré a referir que, entre las especialidades a las que dedicó su atención, figuraban: la gravitación, la astrofísica, la cosmología relativista, la geometría diferencial, los sistemas dinámicos relativistas y la mecánica teórica. En todas ellas destacó y fue referente, como prueban sus publicaciones en libros y revistas. Prueba de su liderazgo científico es el hecho de que Chus fuera un significado promotor de la “Sociedad Española de Gravitación y Relatividad”, así como de los “Encuentros Relativistas Españoles”, que comenzaron a finales de los 70 y que luego se convirtieron en un prominente congreso internacional.

            Sólo me queda lamentar que su fallecimiento nos ha privado de escuchar el discurso sobre las “Ondas Gravitatorias” que preparaba para su ingreso en el CES. ¡Lástima! Porque muchos perdimos la oportunidad de acercarnos a un tema tan actual y comprenderlo, mediante las sencillas explicaciones de un gran maestro.

            Chus estaba excepcionalmente dotado para la docencia, por lo que transmitía fácilmente a sus alumnos el entusiasmo que destilaba por la ciencia. Es difícil hacer justicia a sus clases, por lo bien estructuradas, claras y amenas que eran. Chus era capaz de simplificar los temas más difíciles y mostrar claramente los asuntos más complejos. Además, adornaba sus enseñanzas con historias divertidas. Y, gracias a su extraordinario tono de voz y a sus dotes para la interpretación, rápidamente embrujaba y encandilaba a sus alumnos.

            Su preocupación por los jóvenes estudiantes le llevó a diversos proyectos editoriales como coautor de textos de Física. Al hilo de esto, les anuncio a ustedes que su último manual universitario lo disfrutaremos pronto, dado el avanzado estado de su publicación por la USAL.

            Recordar a Chus sin hacer referencia a su carácter vitalista sería injusto y daría una imagen suya parcial y sesgada. Sus discípulos, que hoy conforman una parte sustancial de la comunidad relativista española, recuerdan con cariño la cercanía, apoyo y cuidado con que los atendió siempre; su continua preocupación porque dispusieran de los fondos necesarios para su trabajo, asistencia a congresos o visitas a otros centros. También recuerdan cómo Chus prolongaba las discusiones de trabajo en el café y cómo los acogía en su casa con cenas, gracias a la hospitalidad de Fina, que solían amenizarse con juegos de manos que a Chus le gustaba practicar.

            Chus ocupó diversos cargos en la Universidad, entre los que destaca el de Decano de la Facultad de Ciencias por el notorio éxito de su gestión. Por otra parte, fue el artífice de la instalación y funcionamiento del Péndulo de Foucault que se admira en el claustro del Trilingüe, y también gestionó la visita a Salamanca de insignes científicos como la de Stephen Hawking en 1987.

            El sentido tan acentuado que Chus tenía del compromiso social y político era una faceta importante de su personalidad. En los conflictos se oponía siempre con valentía a cualquier tipo de injusticia, solidarizándose con los más perjudicados y siguiendo a pie juntillas la sentencia de Quevedo: Nunca he de callar, por mas que con el dedo, / ya tocando la boca, o ya la frente, / silencio avises o amenaces miedo”.

            En los asuntos universitarios su militancia era absoluta, alineado siempre con aquellas opciones universitarias que proponían modelos coherentes con su pensamiento. Así, participó activamente en todas las iniciativas tendentes a la democratización de la Universidad durante la aplicación y desarrollo de la L.R.U., siendo también asiduo, en otros escenarios culturales como, reuniones, tertulias, el Grupo Leonardo o las sucesivas contiendas electorales.

            Chus era un erudito que sobrepasaba con creces la dicotomía entre ciencias y letras, adentrándose en disciplinas insospechadas. No era raro verlo en mesas redondas sobre filosofía, religión, o Ilusión e ilusionismo. Es cierto que él pensaba que la Ciencia es el único instrumento esencial para la comprensión del Cosmos, e indispensable para afrontar los desafíos tecnológicos. Psin embargo, no es menos cierto que también estaba convencido de la utilidad de las humanidades en la gestión de la era digital y de los retos culturales futuros. En esa línea con la “Tercera Cultura”, y en el mejor estilo Brockmaniano, ponía como ejemplo la colaboración de lingüistas, filológos e historiadores, con informáticos para el desarrollo de multitud de aplicaciones (correctores ortográficos, traductores automáticos, reconocimiento de voz, etc.), que usamos a diario.

            Conversar con Chus era un deleite, a pesar de que su vehemencia y tendencia al razonamiento, le situaban como protagonista casi siempre. Por otra parte, su presencia imponente llenaba cualquier ambiente, lo cual, unido a su inigualable vozarrón, hacía que inevitablemente sobresaliera del resto. Atendiendo a eso, en su departamento se solía bromear cuando alguien lo buscaba y preguntaba por él: ¿habéis visto a Chus? respondían “No está, no lo he oído”.

            Chus era un hombre singular que no pasaba desapercibido. Su personalidad era tan arrolladora, seductora e insólita que dejó un recuerdo cariñoso en todos los ámbitos salmantinos que frecuentó. Porque él era muy afectivo y disfrutaba con la gente, ya fuera en la calle o en su casa, en la academia o en los bares; porque le gustaba la buena mesa, bien regada y aderezada; y porque su vicio era regalar cosas a todos.

            Sus adorables rarezas le conferían cierto punto excéntrico. Coleccionaba bastones de los que siempre portaba uno, abanicos -porque se sofocaba–, monedas, peonzas, lupas, lápices, estilográficas y artilugios de toda condición. El bricolaje le divertía y, como acumuló todo tipo imaginable de utensilios, útiles e inútiles, se construyó un armario, usando esas herramientas ¡claro! ¡para guardarlas metódicamente! Porque Chus también era meticulosamente ordenado, escribía sus cálculos con un lápiz concreto, en un papel especial y usando una plantilla; luego los encuadernaba él mismo a mano. Decía que estudiarlos después daba un gozo especial.

            Termino ya. Chus era cercano y amable, inteligente e interesante, además de divertido y muy generoso. Pero, sobre todo, era un hombre optimista que amaba la vida a la que permanentemente se aferraba y consumía a bocanadas.

            Muchas gracias por vuestra atención.


Ángel Corrochano Sánchez

Salamanca, 23 de octubre de 2019



 




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